lunes, 18 de abril de 2011

El asturiano

Al salir del Escargot, donde voy todas las mañanas a jugar con Mateo y a relacionarnos con sus coetáneos, me crucé con un señor. Al que me mira, por vivir en pueblitos, yo lo saludo (y lo haría en las grandes ciudades, pero da como no-sé-qué que la tomen a una por loca). En francés, bonjour, del que he aprendido la entonación dulce y aguda que se estila en esta zona. La respuesta fue en español: hola. Qué susto. Mi respuesta fue pararme. El señor era algo mayor, cojeaba. Llevaba chándal, y tenía el pelo cano y gafas de sol. Me contó que era asturiano, que vino a buscar trabajo y lo encontró, pero que tuvo un accidente de moto y se le estropeó todo.
El asturiano me contó su vida. Buscaba a una asistente social porque hace dos días le robaron todo. No tenía dinero ni para pagar el hotel, ni para nada. Sin tarjetas, con el consulado cerrado, con las puertas a cal y canto del que no tiene argent, como pasa en este mundo tan desarrollado.

En los sitios de frontera uno no sabe si debe fiarse. Ahora tengo un bebé, y eso me ha vuelto algo más recelosa.

El señor no me pedía nada. Tenía que esperar a las 14h a que llegara una asistenta social para ver si podían ayudarle; ya había hecho la denuncia, todo lo que se le había ocurrido y todo lo que pudo sin hablar francés. Creo que sólo quería hablar, que lo escucharan, y expresarse en su lengua tranquilamente. Si necesitaba ayuda no se atrevió a pedírmela.

Yo me tuve que ir porque Mateo tenía sueño, pero pasé por un cajero y saqué algo de dinero para dárselo. El hombre no se lo creía. Dice que mañana vendrá a verme al Escargot. Tal vez venga. Parecía alguien sencillo. O yo sigo siendo ingenua (que ya me gustaría).

El hecho es que el señor no tenía la culpa de ser mayor, poco agraciado, de no saber francés, de sentirse indefenso. No quiero ni pensar que me pasara algo así, y que la gente no me abriera su casa. Tal vez yo soy mujer, joven, y lo tendría más fácil. Pero si yo fuera ese hombre, no sé. Le he dado dinero, y de verdad, me ha sabido a poco.

sábado, 16 de abril de 2011

Chambre d'Hotes (o pensión a la francesa)


Llegamos de noche. Por teléfono nos parecieron secos. La casa estaba en la mitad de un pueblo vacío (otro Macondo). El dueño de la pensión salió para decirnos que aparcáramos más recto. No ofrecían la cena. Nos enseñó la casa. Estaba llena de adornos que nada tenían que ver con el contiguo. Había un niño de acogida en un cuarto, con la luz apagada y la televisión puesta. Las habitaciones estaban demasiado calientes. La nuestra estaba decorada a base de pinturas, cuadros y cenefas de gallinas. De camino a la cocina (cuyo usufructo nos permitieron aquella noche) había unas escaleras con fotografías de cine, y una tira pintada en la pared como si fuera un rollo de película. El señor estuvo orgullosísimo de enseñarnos su habitación, donde había una inmensa butaca y un proyector con sonido envolvente.

Preparamos la cena.

En mitad de la velada apareció nuestro anfitrión nuevamente (algo ebrio, con un vaso de licor vacío en la mano). Nos enseñó fotos de familia, nos contó que había sido militar. Que su hijo es quien trae los adornos y que viaja por todo el mundo (él sí tiene estudios).
No nos dejó acabar nuestras conversaciones. Fuimos desapareciendo de la mesa. Antes de dormir nos advirtió que el gato se llamaba Brad Pitt, e hizo una broma que tenía gusto a rancio de tanto repetida: "si dejas la puerta abierta de la habitación, Brad Pitt vendrá a dormir contigo ¡y sin suplemento!".

A la mañana siguiente estaba allí su mujer. Oronda, rubia. Había hecho ella misma el pan y las 15 variedades de mermelada que había en la mesa. Sonreía medio recostada en su silla. El anfitrión ya no era lo que la noche anterior. Se veía diezmado por la presencia de la señora. Pero ejercía su poder con el niño de acogida, al que hablaba a exabruptos.

Nosotros seguíamos irradiando el sol de la tarde anterior, en mitad de ese Macondo. Y así nos fuimos.

jueves, 7 de abril de 2011

Lo que es hoy


Hoy he empezado a usar pañales de tela para el bebé. Hace sol y he puesto una manta en el césped. Estoy documentándome y esto implica leer y releer obras literarias de todos los siglos. A mi izquierda tengo la ropa blanca tendida y la tierra para el huerto. En mis manos, el ordenador y un libro. Anoche soplamos las velas por el cumpleaños de Pere, y vimos un partido de fútbol con el proyector. Ayer choqué con la furgoneta y me sirvió para conocer a un librero y la edición en Francia. En mi cabeza, una entrada pendiente sobre fin de semana de sol y cariño en tierras de Lorena. En mi corazón, la ternura de un niño de 6 años con nombre portugués y pelo árabe, afiancado en Bélgica, que le regaló dos libros a Mateo, y no paraba de abrazarlo.
Podría ser un día cualquiera, pero hoy es todos los días. Y quiero acordarme mañana, y pasado, y el otro, de lo que es hoy.