viernes, 16 de octubre de 2009

LA VUELTA A CASA


Llevaba 37 horas despierto y todo tropezaba contra él (aunque fuera él quien no atinaba los pasos). Veía las baldosas grises como una cinta monocroma y uniforme, que sólo percibía cuando algún chicle incrustado recalcaba la presencia humana. Entonces, despertaba un poco, tomaba casi consciencia de sí mismo, y la existencia se volvía algo menos blanda. Otra huella imborrable de la falta de civismo.

Cómo le molestaban estos gestos de sus compañeros de ciudad (gestos que también consideraba como un ataque personal). Y le molestaba porque sentía la ciudad como suya, él tenía el usufructo de las baldosas, los muros y los bancos de los que había aprendido la posición exacta. Le apaciguaba reconocer su entorno y se lo apropiaba.

Entonces recordaba la nicotina y sacaba del bolsillo de la chaqueta otro Gauloissses (todo un revolucionario). Lo mezclaba con la saliva densa del insomnio y la prisa, con las rémoras del café.

La primera calada le hacía apretar los incisivos y expulsaba el aire hacia el cielo. En seguida bajaba los ojos al detectar la sensibilidad de sus pupilas.


Ya casi estaba.

(Unos minutos más. Ni lo pienses, camina.

Disfruta el cigarrillo y no pienses en los metros que quedan; los últimos, los más difíciles.)


El portal.

Las escaleras. El pasamano.


La llave (sí que está fría).

La bocanada de aire al cerrar la puerta.

(Uff. Unos pasos más, no lo sueltes todo aquí, llega hasta la habitación.)


Deja entonces la chaqueta, la bolsa. Se desnuda, sólo la camiseta y los calzoncillos.

(Sí, quítate los calzoncillos, estarás más cómodo).


Entonces descubre que las mantas están heladas. Es cuestión de tiempo. (No te muevas, junta los miembros, forma un núcleo de calor).


Ahora se da cuenta de que n o llega con el brazo al despertador; así que se incorpora y hace un último esfuerzo que lo vacía.


El móvil, sin mensajes. (Mejor no lo apago, y si...).


Ya está.

(Ya está).


Ya está listo para otras 7 horas de insomnio.