A Aureliano Bondia lo redespierta el despertador. Son las 7 de la mañana, y el retraso conlleva más retraso, caravana. Esto no lo anima, lo exhorta, lo obliga. Son sus horarios, porque la granja es suya, y se impone una disciplina ejemplar, una vida estándar, un horario y una rutina. Aureliano se ducha y no se quita la barba de los últimos dos días; más vale la barba que el retraso, la caravana. No escucha música en el coche, nunca se aprendió las letras de las canciones, ni supo tocar la guitarra. Se cansó de la música como se cansa del coche, pero no tiene más opción que conducir hacia las afueras. Y conduce.
Llega el primero, que para eso es su granja, y sigue con los inventarios, con las mismas pocas ganas de la última hora de la tarde del día anterior.
Un café: un carajillo.
El olor a animales cada día le da más náuseas, pero se engaña pensando que cada mañana es el mismo olor, que cada mañana será la misma sensación de asco. Los pedidos, las llamadas, el empresario. Siente el olor de pelo quemado de las bestias. Llegada su hora, a la hoguera. No tienen nombre ni juegan en ningún jardín, pero tampoco tienen una jaula pequeña ni los maltratos de un imberbe. Es el ciclo. Y después de la vida: la hoguera. Aureliano no era el conejo, era el empresario. El olor a quemado se repite en la boca del estómago vacío. Es como el olor a carne quemada, pero los pelos, eso sí es diferente, los pelos quemados. Después de tantos años, el olor de los pelos le recuerdan al día que se quemó encendiendo el fogón de la cocina. Tal vez tampoco sea la primera vez que lo recuerda, porque no es la primera vez que lo huele.
Aureliano coge el cigarrillo y le da la vuelta. En un gesto inconsciente, ajeno, se quema el brazo y huele. El cigarro se apaga, así que lo reenciende. Se quema otra vez, se quema. Aureliano se quema hasta que se aburre también de la sensación, porque el dolor ya no tiene los mismos matices que en otra época. Huir del dolor ya no es tan instintivo. El olor es casi el mismo que viene de fuera y lo reconforta. No le sirve de nada el gesto, es como el carajillo, el despertador o la oficina. La pantalla del ordenador está llena de polvo, y el cenicero, lleno de colillas.
Pasan las horas y Aureliano vuelve al coche, deja facturas a medias, para mañana, que estará con más ánimos. Ahora le escuece el brazo, pero el sol ya no calienta y no le molesta en las quemaduras. Es buena hora para regresar a casa, con la sensación del deber cumplido.
Las quemaduras ahora forman parte de lo cotidiano, es más olor, más cigarrillos. Una trámite nuevo, con su hora asignada, los días en que lo deja para mañana, los días en los que se quema a medias, los días en que el olor le parece siempre el mismo.
Cuando llega a casa ya no cuenta nada, no da explicaciones. Es el trabajo. La respuesta digna. El hombre.
Y no el conejo.
El hombre.