De camino, vi tres gitanas con niños que se paraban a charlar en un escalón de piedra, y una de ellas se puso a amamantar al bebé. Qué suerte la mía que podía entrar en una cafetería tranquila, caliente, y tomarme una infusión, mientras recomponía también a mi niño.
Pero si hubieran escuchado sus risas, lo divertidas que estaban, lo a gusto que se sentían en esos escalones tan fríos...
Pena no: envidia.